Hace ahora siete años presentábamos en el Museu del Càntir la exposición Guinovart Matèric, una selección de obras de la colección de Carmen y Lluís, entre las que se encontraba el magnífico Rostoll de 1977, una obra de grandes dimensiones de una de las mejores etapas de Josep Guinovart. Y hace dos años, con motivo del centenario del nacimiento de Albert Ràfols Casamada, le dedicamos una pequeña antológica, con obras singulares, como un retrato de 1947 de su esposa y también pintora, Maria Girona, o la obra Blanc, de 1960, que forma parte de la historia del Informalismo en nuestro país.
Este año presentamos una colectiva de trece esculturas, de ocho artistas, entre los cuales se encuentra Aurèlia Muñoz, a quien el MACBA y el Museo Reina Sofía están organizando una gran exposición conjunta para abril de 2026. Muñoz logró diluir la línea que separa el arte y la artesanía explorando, como en Ovals blancs, las posibilidades volumétricas —en este caso del macramé— para componer formas infinitas en el espacio. También Moisès Villèlia se apropió de materiales que, hasta no hace tanto, se consideraban poco artísticos. Sus esculturas de caña de bambú se liberan del modelado y de la materia pesada para convertirse en formas en perfecto equilibrio. Gabriel también se sirve de materiales impropios de la escultura para lograr superficies que parecen tener piel y que evocan formas orgánicas. El valenciano Andreu Alfaro es abstracción pura, resultado de depurar la forma y lograr ordenar el espacio creando composiciones rítmicas. Sergi Aguilar lleva la estética del minimalismo a la elegancia formal, como en la serie en la que trabaja el mármol negro de Bélgica. Tauló IV, de Enric Pladevall, es una obra austera, tensionada y elástica que se convierte en un trazo en el espacio. El gallego Francisco Pazos, aunque se sirve de un material poco habitual en su trayectoria, el acero corten, traslada a él —para hacerla atemporal— una hendidura, las grietas o fisuras que de manera natural se producen en la madera. Y el navarro Iñaki Ormaechea alcanza el purismo de la forma con obras esquemáticas, inmaculadamente pulidas, exentas de ornamentos y de apariencia industrial, pero que logran una luminosidad interior.
Ocho maneras distintas de entender la escultura en esta tercera colaboración entre el Museu del Càntir de Argentona y la Nau Gaudí de Mataró.
Núria Poch
Directora del Consorcio
Museu d’Art Contemporani
de Mataró
Hace ahora siete años presentábamos en el Museu del Càntir la exposición Guinovart Matèric, una selección de obras de la colección de Carmen y Lluís, entre las que se encontraba el magnífico Rostoll de 1977, una obra de grandes dimensiones de una de las mejores etapas de Josep Guinovart. Y hace dos años, con motivo del centenario del nacimiento de Albert Ràfols Casamada, le dedicamos una pequeña antológica, con obras singulares, como un retrato de 1947 de su esposa y también pintora, Maria Girona, o la obra Blanc, de 1960, que forma parte de la historia del Informalismo en nuestro país.
Este año presentamos una colectiva de trece esculturas, de ocho artistas, entre los cuales se encuentra Aurèlia Muñoz, a quien el MACBA y el Museo Reina Sofía están organizando una gran exposición conjunta para abril de 2026. Muñoz logró diluir la línea que separa el arte y la artesanía explorando, como en Ovals blancs, las posibilidades volumétricas —en este caso del macramé— para componer formas infinitas en el espacio. También Moisès Villèlia se apropió de materiales que, hasta no hace tanto, se consideraban poco artísticos. Sus esculturas de caña de bambú se liberan del modelado y de la materia pesada para convertirse en formas en perfecto equilibrio. Gabriel también se sirve de materiales impropios de la escultura para lograr superficies que parecen tener piel y que evocan formas orgánicas. El valenciano Andreu Alfaro es abstracción pura, resultado de depurar la forma y lograr ordenar el espacio creando composiciones rítmicas. Sergi Aguilar lleva la estética del minimalismo a la elegancia formal, como en la serie en la que trabaja el mármol negro de Bélgica. Tauló IV, de Enric Pladevall, es una obra austera, tensionada y elástica que se convierte en un trazo en el espacio. El gallego Francisco Pazos, aunque se sirve de un material poco habitual en su trayectoria, el acero corten, traslada a él —para hacerla atemporal— una hendidura, las grietas o fisuras que de manera natural se producen en la madera. Y el navarro Iñaki Ormaechea alcanza el purismo de la forma con obras esquemáticas, inmaculadamente pulidas, exentas de ornamentos y de apariencia industrial, pero que logran una luminosidad interior.
Ocho maneras distintas de entender la escultura en esta tercera colaboración entre el Museu del Càntir de Argentona y la Nau Gaudí de Mataró.
Núria Poch
Directora del Consorcio
Museu d’Art Contemporani
de Mataró